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Opinión 385.. El llanto de las tortugas

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385 Grados / Tlaxcala / Abelardo Carro Nava / La imaginación no es suficiente para recrear la serie de eventos de aquel, no tan lejano 26 de septiembre de 2014, cuando en Iguala, Gro., se cometió uno de los mayores crímenes que la historia de México tiene registrada; apenas superado por ese lamentable y trágico evento del 2 de octubre de 1968, cuando estudiantes fueron reprimidos y asesinados por un gobierno tirano, represor y antidemocrático.

Las versiones sobre los hechos ocurridos la tarde, noche y madrugada, en las inmediaciones de ese municipio guerrerense han corrido a raudales. Mucho se ha hablado al respecto; sí, mucho; sin embargo, y pese a ese constante diálogo que sobre este tema ha surgido, hay una verdad absoluta: los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa, Gro., siguen desaparecidos. ¿Alguien puede refutarla? En absoluto. Su aparición con vida se ha convertido en un anhelo, un sueño, una idea. ¿Posible de lograrla? No tengo certeza en ello. Lo que sí sé, es que lamentablemente vivimos en un país donde la podredumbre gubernamental, ha generado la mayor cantidad de injusticias de las que se tenga conocimiento en los últimos tiempos, y aquí un claro ejemplo.

Increíble es que, prácticamente a 47 meses de aquel fatídico incidente, la justicia mexicana no haya hecho lo propio. De una “verdad histórica” que se cayó con la intervención del Grupo Argentino de Antropología Forense (EAAF), pasamos al reconocimiento (explícito y estúpido) de un presidente que aseguró, prácticamente a su salida de Palacio Nacional, la confiabilidad de esa inaudita “verdad histórica”.

Desaparición forzada, secuestro o, inclusive, asesinato, son algunos de los términos legales que pueden encajar dados los hechos que conocemos de este doloroso evento. Sin embargo, ¿en verdad importa la clasificación a la que puede ser sujeta la averiguación si, en los hechos, de los jóvenes nada se sabe? Y lo que es peor, ¿acaso importa la clasificación a la que pueda ser sujeta la averiguación si, en los hechos, los encargados de ejercer la justicia, en unos meses, se irán como si nada hubiera pasado porque es más importante un perdón que un olvido?

Curioso país es este y en el que millones y millones de mexicanos vivimos. Y digo que es curioso, porque las leyes sirven para dos cosas: para un carajo y un carajo.

¿En qué momento dejamos de ser sensibles ante las atrocidades que se vienen cometiendo a diario y que nos han llevado a ocupar un lugar nada decoroso ante instancias internacionales al ser clasificado como un país violento y corrupto?, ¿en qué momento dejamos de ser empáticos para sentir el dolor por el que las familias atraviesan puesto que sus hijos o hijas siguen desaparecidos?, ¿en qué momento dejamos de ser humanos para concentrarnos en nuestra individualidad y lo que ésta representa en un mundo complejo y apabullante?

Hace unas semanas, en las redes sociales, circularon las fotografías de los normalistas, compañeros de los que aún siguen desaparecidos, recibiendo su diploma que los acredita como maestros. Las reacciones fueron diversas; no obstante, muy pocos logramos ponernos en el lugar de aquellos, cuya existencia, sigue en duda dadas las versiones del gobierno.

¿Qué pasó la “noche de Iguala”? Cientos de veces me he preguntado porque, efectivamente, no estuve presente en el lugar de los hechos.

He leído varios textos sobre ello, he escrito ya varias ideas sobre tal suceso, y la verdad de las cosas, no logro dimensionar cada uno de los segundos, minutos y horas que vivieron esos jóvenes, cuyo error no fue estar en el lugar equivocado, sino el vivir en una entidad y en un país donde la justicia vale un reverendo bledo.

La crueldad y barbarie a la que fueron sometidos esos estudiantes, y que ha sido documentada y narrada en varios libros y documentales, cuyos testimonios fueron recogidos de quienes vivieron tales vejaciones, créame, desgarra el alma y estruja el corazón hasta el derrame de algunas lágrimas.

Particularmente no me atrevo a juzgar a estos normalistas, ¿quién sería yo para tal infamia? Lo que si tengo claro es que México vive tiempos violentos, crueles e irreconocibles. Los datos ahí están, los hechos a diario los presenciamos, y decenas de jóvenes como éstos, siguen padeciendo el actuar de los malos gobiernos. La sociedad por su parte, ha normalizado estos eventos; es obvio, el trajín de la vida nos ha obligado ya no a vivir, sino a sobrevivir bajo las condiciones que nos impone una clase gobernante tan pobre como insípida, que se ha mantenido en el poder con base en sus mentiras y malsanos deseos.

Si el pensar diferente a lo que piensa el gobierno; si el actuar de tal manera que dichas acciones rompan los esquemas de quien “procuran” el orden y la justicia; si el expresar las ideas con libertad, fuerza y vehemencia son delitos. Caramba, cuántos no seremos culpables por expresar lo que pensamos y sentimos.

Más de una vez se ha dicho que las escuelas normales, especialmente las rurales, deben desaparecer, y no hay razón en ello. Más de una vez se ha dicho que en estas escuelas se forman guerrilleros, paristas o huelguistas, y tampoco hay razón en ello. Más de una vez se ha dicho que el normalismo mexicano está muerto, y créame mi estimado lector, no hay nada peor error que pensar en ello.

El normalismo mexicano, las escuelas normales, las escuelas normales rurales y demás centros de formación docente, están más vivas que nunca. Su fuerza es inquebrantable y, aunque ocasionalmente derramen algunas lágrimas por sus hijos, éstas, no pierden el vigor que las ha caracterizado desde hace muchos años.

Sí, ni perdón ni olvido; y nunca un perdón que solo represente: un eslogan de gobierno. Sí, ni perdón ni olvido porque la ecuación es simple: nos hacen falta 43 y no pararemos hasta encontrarlos.

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A UN AÑO DE LOS SISMOS por Aurora Arenillas

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A un año de los sismos de 2017, Tlaxcala ha logrado un avance del 80 por ciento en la reconstrucción de escuelas con daños moderados y mayores, y el cien por ciento de las que tuvieron daños menores.
Solo para atender la contingencia del sector educativo, la Federación asignó más de 300 millones de pesos, mismos que se han ido ejerciendo para atender las necesidades de obra en cada caso.
Por fortuna, la capacidad de respuesta de las autoridades favoreció este resultado que, en comparación con otras entidades, es muy superior.
Si bien es cierto que la entidad fue de las que menor grado de afectación sufrió, y que no hubo víctimas que lamentar, lo es también que se hicieron las gestiones necesarias para que instituciones como la SHCP, la SEP, la Sedatu, el Infonavit, el INAH y la Secretaría de Cultura, atendieran la situación, no solo de instituciones educativas, sino de monumentos históricos y viviendas afectadas.
Ojalá que la próxima administración federal atienda el gran pendiente que implica la reparación de iglesias en la entidad, considerando que, no solo que se trata de atractivos turísticos, sino de puntos de reunión social que son importantes para la paz de las comunidades.
CAMBIO EN LA CES
El nuevo titular de la CES, Eduardo Valiente Hernández, empezó su gestión con el pie derecho.
De entrada, mostró que su relación con los medios de comunicación será de apertura, a diferencia de lo que sucedía con el anterior titular.
Además, dio justo al clavo al exponer que su prioridad será reforzar los conocimientos que los policías tienen respecto a los derechos y obligaciones de los ciudadanos, a efecto de construir con ellos una relación de confianza.
Y es que, no solo a nivel operativo, sino también a nivel administrativo, se deben hacer cambios en la CES para presentar un policía más amigable, sin que ello implique un detrimento a la autoridad de los uniformados.
Hay problemáticas muy específicas: los robos de vehículos y de mercancías, los asaltos en carreteras y al ferrocarril, así como el denominado “huachicol”.
Indudablemente, los planes de trabajo y las nuevas estrategias deberán ir encaminadas a mitigar estas problemáticas que lastiman el patrimonio de las familias y la confianza de los inversionistas.
NUEVO HOSPITAL GENERAL
Finalmente, las autoridades estatales presentaron el proyecto del nuevo Hospital General de Tlaxcala, que junto con el Sistema Estatal de Becas y otras obras en puerta, constituyen el sello de la actual administración.
Evidentemente, el nuevo hospital es una obra necesaria, ya que el que actualmente presta servicio lleva en operaciones más de 70 años, y las necesidades actuales de la población son distintas.
Con esta magna obra, se pretende reforzar el sistema estatal de salud, mediante la ampliación de servicios en beneficio de todo el estado.
A partir de una inversión inicial de 300 millones de pesos, las nuevas instalaciones se conectarán con otras instituciones de salud ubicadas en la zona de hospitales, con lo cual esta se consolidará como un gran centro médico, en beneficio de la población de menores ingresos, ya que podrá encontrar especialidades sin necesidad de salir del estado.
El compromiso de las autoridades es culminar la ejecución del proyecto en la actual administración, por lo que el trabajo de gestión del actual gobierno se pondrá a prueba nuevamente para cumplirle a los tlaxcaltecas.
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Café Político con Emelia Higueras Zamora…A propósito de las fechas patrias…

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Emelia Higueras Zamora[1]

Empieza este mes, estimado(a) lector(a), con las esquinas coloridas en cualquier cuadro principal de nuestra ciudad, o de su ciudad; con banderas, adornos, aretes, collares, moños, vestidos, trajes y de todo aquello que nos recuerda el aniversario de la Independencia de México. Aunado a eso, se exalta la idea de nuestra “identidad regional”, comprando artículos locales, lo cual es algo muy oportuno, sin embargo, ¿Por qué  comprar identidad regional?

Si bien, al comprar en mercados locales, tiendas o misceláneas, tianguis, productos hechos a mano, mercados alternativos y artesanías se incentiva la economía local de una región, estas acciones sólo son temporales o más bien circunstanciales; ya que en ningún momento son acompañadas del resto de los ingredientes socioculturales. Tan solo en algunos municipios, de nuestro hermoso estado, con población indígena y con prácticas políticas basadas en usos y costumbres, se puede observar que la población ha dejado de vestir prendas representativas a su comunidad y, en cuestión de la lengua náhuatl sólo se escucha en algunos eventos oficiales locales.

Ante la gama de opciones para comprar, comprar y comprar, valdría la pena aplicar “la regla de las tres erres”; es decir, reduce, reutiliza, recicla. Si los partidos políticos lo hicieron ¿por qué nosotros como ciudadanos no? Habría que recordar que en las pasadas elecciones concurrentes muchos candidatos a puestos de elección federal y local fueron reutilizados y reciclados, así también alianzas partidistas reducidas.

Respondiendo a la pregunta, considero que si cada uno se siente orgulloso de su identidad regional, simplemente lo transmite, lo vive, lo usa y no necesita comprarla. Circulan en redes sociales casos de experiencias en otros estados en donde algunas primarias públicas incentivan a sus alumnos a vestir trajes típicos un día a la semana, o de secundarias que enseñan bailables regionales. Claro, aún nuestras autoridades educativas no se atreven a experimentarlo. Como tampoco se atreven, otras autoridades políticas, a seguir los ejemplos de vida de nuestros ilustres héroes nacionales.

Pero, no nos pongamos tristes y melancólicos celebrando un aniversario más de nuestra independencia, así que si en su armario tiene alguna prenda, algún collar, algún sombrero, lo invito a que reutilice, recicle y reduzca.

[1] Analista Política. Contacto: meya7609@gmail.com

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Apuntes… México 1968: LITEMPO-1  

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385 Grados / Tlaxcala / Claudio Cirio Romero / En El 68. Los estudiantes, el presidente y la CIA (Ediciones Proceso, abril de 2018), Sergio Aguayo afirma que “… cuando Díaz Ordaz fue nombrado candidato a la presidencia (obvio por el Partido Revolucionario Institucional, digo yo), la CIA colaboró con su campaña entregándole «400 dólares al mes» entre «diciembre de 1963 y noviembre de 1964»”.

La Central Intelligence Agency (CIA), creada en 1947, después de la segunda guerra mundial por el Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica Harry S. Truman, se sabe tiene personal en sus embajadas en todo el mundo, además de que recluta y le paga a personas de cada uno de los países para obtener información medular. Cosa que nunca ha sorprendido a nadie, pero en el caso de México y por los sucesos de 1968 sí resultó grave que se revelará que el propio Díaz Ordaz era LITEMPO-1 “agente de apoyo de la Estación” aquí, por lo que se encontraba literalmente en su nómina, e igual pasaría con otros dos expresidentes de la república, Adolfo López Mateos y Luis Echeverría Álvarez.

Con el libro Aguayo nos convida un ejercicio para “repensar el 68”, e inicia diciendo, que en ese año se exigió “a un régimen todopoderoso y malhumorado, reducir la violencia estatal, transparentar la toma de decisiones y abrir canales a la participación ciudadana.” En realidad era un régimen autoritario en toda la extensión de la palabra, pero no importa respetamos la mesura del académico del Colegio de México porque sabemos de su compromiso con la lucha por la democratización mexicana.

Ejercicio útil y bien llevado a través de diez capítulos y un epílogo, en el que de manera clara hace señalamientos valientes pero sin animosidad de ningún tipo. Por ejemplo, desde el primer capítulo afirma que “Como hipótesis de trabajo, puede argumentarse que al menos Winston Scott (Jefe de la Estación), y por omisión la CIA y el gobierno estadounidense, fueron corresponsables de las muertes y el sufrimiento causado el 2 de octubre y que eso mismo ha sucedido en otras tragedias mexicanas.”

Y así como ese señalamiento, a 50 años de los hechos realiza lecturas a la luz de conceptos más conocidos hoy que entonces. Así puede enfatizar que en el punto transitorio del pliego petitorio de los estudiantes se exigía un “diálogo público”. “En suma, fin a la violencia y a la opacidad, respeto a la libertad de expresión y manifestación, transparencia y rendición de cuentas.” Desde luego que en ese año esa opacidad y esa falta de transparencia y rendición de cuentas, tanto gobernantes como la mayoría de los gobernados lo veían como normal.

Igual muestra algunos signos del régimen autoritario y vertical, como el culto a la personalidad del presidente, quien en su informe del 1 de septiembre de ese año, remarca nuestro estudioso, “Habló durante tres horas y treinta y cinco minutos ante el Congreso de la Unión, y lo interrumpieron con aplauso y ovaciones en ¡84 ocasiones!”

Con toda la confianza de su quehacer intelectual, Aguayo confirma que respecto a los estudiantes movilizados, “Cuando constató la profundidad del descontento, el presidente tomó la decisión final: serían aniquilados.”

Operación militar que sabemos se desarrolló el 2 de octubre en la Plaza de la Tres Culturas de Tlatelolco, último bastión del movimiento, en dónde, entre los diversos cuerpos de militares y granaderos se dio ataque de “todos contra todos”. Respecto al General Hernández Toledo, quien encabezaba al cuerpo de paracaidistas, “…había órdenes de tumbarlo”. Increíblemente “En menos de dos minutos la plancha fue desocupada por la multitud.” Y “En ese ambiente fantasmagórico, se realizó la evacuación de los 2,369 detenidos y el traslado de los líderes identificados a celdas del Campo Militar número 1.”

Redondea Sergio Aguayo que a partir de ahí se dará una batalla entre el “relato oficial”, “Historia frágil por falsa, por improvisada y porque era rechazada por el Secretario de la Defensa” y el “Relato ganador”, el de “Una red plural de personas bien diversas y sin un plan determinado (que) construyeron la interpretación que triunfó porque estaba basada en los hechos y en el deseo de cambios por medios no violentos.”

En el epílogo titulado “Las tumbas de Heberto Castillo, Gustavo Díaz Ordaz y Winston Scott”, dice, equivocándose pienso, que “es imposible recuperar biografías individuales,…” Espero un día poder proporcionarle un ejemplar de Una voz desde la masacre. Escaramuzas del último orador en Tlatelolco 1968, de David Vega Becerra (Segunda Edición de autor, junio 2018).

Nota al margen. Digo en una capsula que he grabado para el INAI, que lo importante de la socialización del Derecho de Acceso a la Información Pública está en aprender a aprovechar la utilidad de esa información pública para tomar decisiones y resolver problemas individuales y colectivos. Los invito a participar en la Consulta Pública del Plan Nacional de Socialización del DAIP.

e- mail: ccirior@yahoo.com.mx

twiter: @ccirior

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