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Opinión

Opinión 385… 1 de mayo

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385 Grados / Tlaxcala / Aurora Arenillas / Llegó el Día del Trabajo y con ello una serie de demandas del sector.

Los dirigentes sindicales, fieles a la tradición de legitimar su posición frente a su gremio, sacaron filo a sus principales críticas a las autoridades.

Ahí vimos al Secretario General del Sindicato del Cecyte, Zenón Ramos, quien manifestó que no se permitirá la atomización sindical como estrategia para reducir al individualismo la interlocución laboral y quitar los derechos a los trabajadores.

Sin embargo, no lo vimos manifestándose en la sede del Congreso de la Unión cuando se aprobó la reforma laboral.

Eso sí, amagó con que, si el 15 de mayo aún no hay un nombramiento del Director General de este subsistema, recurrirán a un paro indefinido de labores en los 32 planteles del Cecyte y los 15 del Emsad. A pesar de que la administración del subsistema no tiene adeudo alguno con ellos.

También vimos activo a al líder de la sección 31 del SNTE, Demetrio Rivas, quien para quedar bien con los maestros se aventó la puntada de decir que nadie tiene derecho a exigir a los docentes tlaxcaltecas excelencia en su desempeño, pues -supuestamente- trabajan en condiciones precarias de capacitación, infraestructura y remuneraciones.

¿Qué pasa entonces con los miles de padres de familia, que pagan con sus impuestos el salario y prestaciones de los maestros? ¿Ellos no les pueden exigir calidad en su desempeño a favor de sus hijos?

¿Qué pasa entonces con los estudiantes, que son las personas que reciben directamente sus servicios? ¿Ellos tampoco pueden exigir un trabajo digno y comprometido con su formación para el futuro?

Demetrio Rivas peca de ingenuo cuando señala que los salarios del gremio son raquíticos, cuando el grueso vive muy bien, tienen autos y viajan, porque son de los pocos trabajadores privilegiados con 90 días de aguinaldo y muchos días de vacaciones. Y sobre la capacitación, es claro que, si su vocación es enseñar, deben hacer lo propio para prepararse y no solo esperar a que el gobierno los capacite.

Algunas centrales obreras también se manifestaron en contra de “la nefasta figura del outsourcing que nulifica los derechos laborales de los trabajadores”, y “la corrupción, como flagelo de las sociedades modernas y causa de la pobreza de los pueblos” Pidieron libertad sindical, que la reforma laboral sea acorde a los convenios de la OIT y un nuevo sistema de justicia laboral.

Curiosamente, son temas que caen en la esfera de competencia federal, y sobre los cuales no se identificaron señalamientos directos contra “ya saben quién”.

Por lo visto es más sencillo repartir culpas que asumir responsabilidades.

Comentarios: arenillas87@hotmail.com

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Día X de cuarentena…

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385 Grados / Tlaxcala / Abelardo Carro Nava / De repente, cual fotografías de esas instantáneas, vienen a mi mente varios recuerdos de mi infancia. Mis padres, fieles a las enseñanzas de sus padres, seguían a pie juntillas su ejemplo. No había otra forma de ser “alguien” en la vida. Finalmente, quienes nacimos en condiciones económicas limitadas, teníamos claro que el trabajo dignifica al hombre, y vaya que hay razón en ello.

Levantarse, desde pequeño, muy temprano para acompañar a mi padre y hermanos al campo, a la “pizca” o “trasiego”, era de lo más divertido. ¿Cómo podría ser pesado o aburrido si desde niño era el mundo que habíamos conocido?, ¿cómo negarse, si de tal actividad, obteníamos algún dinero para que mis padres solventaran otros gastos?, ¿cómo no ser parte de algo que, a decir de tus padres, era para el bienestar de la familia?

Pasadas algunas horas de labriego llegaba el desayuno. Ese menú exquisito que se conformaba por abundantes “gorditas” cocidas en comal de barro, con masa de maíz antes cosechado, harta salsa y solo unas cuantas pizcas de queso; y un atole, sí, un atole también de masa cuyo color y consistencia guardo en mis adentros.

El trabajo no menguaba. Las horas pasaban y el calor atosigaba. Sí, esa era la hora en que debíamos volver a casa. ¿Un baño? Ni pensarlo, primero debíamos realizar las tareas asignadas: barrer el patio, escombrar los cuartos, acomodar la leña, limpiar el pequeño establo, en fin, siempre había algo que hacer y rehacer para ayudar en los deberes domésticos. ¿Y luego? Las pequeñas tareas escolares que mis padres nos encomendaban: leer un cuento, resolver problemas matemáticos, repasar lo que en el ciclo escolar habíamos trabajado. ¿Y los juegos? ¡Claro que había espacio para los juegos! Sí, esos momentos que, después de la comida, se propiciaban con los demás niños de la cuadra, una “cascarita” le llamaban. Yo, desde luego, era el portero y, por ser el más pequeño, siempre era el que me “brincaba” a las casas de los vecinos cuando la pelota se nos volaba.

El tiempo pasaba y la cena llegaba, pero antes un baño, sí, un baño que verdaderamente disfrutaba. El correr del agua calientita sobre mi cuerpo, ha sido de las experiencias más extraordinarias que aún conservo.

Sentados en la mesa, mi padre tocaba su guitarra y “La Malagueña” cantaba. No sé si esa canción era la única que se sabía, pero recuerdo claramente cómo siempre se entonaba. La noche llegaba. Unas cuantas horas de descanso y de nuevo la jornada.

No, no eran vacaciones como las que hoy conocemos. La televisión era un lujo que no podíamos darnos en esos momentos. El dinero no alcanzaba para comprar un producto de esa naturaleza. Sin embargo, leer una novela, nos llevaba a mundos insospechados.

Aún recuerdo a María, sí, aquel texto de Jorge Isaacs que me tuvo al borde de las lágrimas. Su muerte, fue uno de esos hechos incompresibles que, desde luego, mi padre con sus sabias palabras, me explicaba. O bien, ese mundo de aventuras y misterios que, con Julio Verne y su Viaje al Centro de la Tierra, viví intensamente. No, no eran las vacaciones como las que ahora conocemos y, mucho menos, los juegos que ahora vemos. Hacer un paracaídas con una bolsa de plástico a la que se le ataban unos estambres en un extremo y del otro, las manos de un luchador, también de plástico, era todo un suceso. Esas competencias con los vecinos para ver cuál “volaba” más alto eran interminables; las apuestas siempre giraban en torno a nuestro gran tesoro: un dulce o un chicle que, como parece obvio, gané una y otra vez, para envidia de todos.

De vuelta a la realidad, de un tiempo a la fecha me he preguntado ¿qué tanto, como sociedad, hemos cambiado para pensar que un televisor es un gran aliado en contra del aburrimiento y el desasosiego?, ¿por qué las tabletas y los videojuegos han sustituido esas “cascaritas” tan amenas que sosteníamos con nuestros amigos?, ¿qué hemos hecho, como sociedad y gobierno, para que todo sea tan diferente pero, lastimosamente, igual que antes? Sí, tal vez se deba a un problema de clases sociales, y a lo que alguna vez algún profesor de la universidad definió como capitalismo. Sí, esa forma de vida que, por más que se diga lo contrario, genera grandes desigualdades sociales por el libre mercado.

Tengo claro que los tiempos ya no son los mismos de aquella, mi infancia, y que las condiciones económicas han acelerado nuestro ritmo de vida; desde luego, hay quienes vamos al día, viviendo y sobreviviendo con lo que hacemos y con lo que tenemos. Por ello comprendo, que las responsabilidades que tenemos en casa, las hemos sustituido con ciertos artefactos tecnológicos que derivan en la poca atención que, de alguna u otra manera, brindamos a nuestros seres queridos.

Tal vez sea momento, mientras vivimos esta pandemia generada por algo que los científicos han llamado coronavirus, de reflexionar sobre lo que hemos hecho y cómo lo hemos hecho o estamos haciendo. Bien se dice que la educación comienza en casa y, desde luego, coincido en ello.

Asignar pequeñas tareas a nuestros hijos logrando que comprendan el porqué de éstas, no es algo de otro mundo. Sé muy bien, porque me pasa lo mismo, que a veces cinco minutos significa destinar un tiempo que no teníamos contemplado porque nuestras actividades, sobre todo, laborales o domésticas, nos meten en un trajín de eventos sin sentido porque, inevitablemente, el sustento es lo primero; sin embargo, desde mi perspectiva, esos cinco minutos pueden ser tan valiosos en las personas como su vida misma. Muchas veces me han preguntado cómo podemos fomentar los valores universales en los nuestros. Mi respuesta ha sido inequívoca: comunicarnos, escucharnos, respetarnos, amarnos, etcétera; son, desde luego, pequeñas acciones que pueden generar ambientes favorables que propicien un sentido de corresponsabilidad y conciencia en los que hacemos y cómo lo hacemos.

No lo olvidemos pues, que los mexicanos, sin distingo de género, somos “luchones”, y es precisamente esa fuerza y ese carácter, lo que puede llevarnos a trabajar para ser mejores seres humanos. Hombres y mujeres empáticos…

Si la educación comienza en casa, y ustedes coinciden en ello, es un buen momento para seguir trabajando en ello. Así, con pequeñas acciones que, seguro estoy, más adelante tendrán grandes resultados colectivos, mimos que nacerán en la individualidad de los individuos.

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Los floreros de palacio nacional

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385 Grados / Adriana Dávila Fernández / Recuerdo que el 30 de octubre de 2018, ante la polémica generada por la “consulta” a modo sobre la cancelación de las obras del Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México en Texcoco, el entonces candidato ganador de la coalición “Juntos Haremos Historia” notificó al pueblo de México: “yo no voy a ser florero; no estoy de adorno. Yo traigo un mandato de los mexicanos”.

Aún no tomaba posesión del cargo y ya eran evidentes las señales de autoritarismo, simulación y justificación para cada una de sus decisiones. Dejó entonces de manifiesto que él tomaría las riendas del poder público, sin tener idea exacta del negativo impacto económico que tendría, puesto que, en los hechos, lastimó profundamente la confianza de inversionistas nacionales y extranjeros.

Lo que nunca comunicó es que, en sus propias palabras, tendría como “floreros” a los miembros de su Gabinete (legal y ampliado), simples adornos que se encuentran de vez en cuando en los pasillos de Palacio Nacional, espectadores de piedra, zalameros permanentes, porristas oficiales, vamos, personajes leales a la causa de la 4t presidencial, sin la capacidad para entender su responsabilidad ni la necesaria experiencia que se requiere para tomar decisiones en su ramo porque, pues como lo dijo su jefe, “no crean que tiene mucha ciencia… gobernar”, aunque tiempo después el ciudadano presidente haya caído en la cuenta que “no es fácil… no son tamalitos de chipilín”.

Si bien las y los integrantes de un Gabinete Presidencial, en teoría, son mujeres y hombres que acompañan en la responsabilidad ejecutiva, al presidente en turno, para encabezar y ejecutar las distintas unidades administrativas federales, también es cierto que su conocimiento y apoyo técnico, jurídico y administrativo debe orientar las decisiones del titular del Poder Ejecutivo, con base en las funciones establecidas por la norma de las Secretarías de Estado.

Por las consecuencias de la inacción, omisión e irresponsabilidad, me referiré a hechos concretos de la Secretaría de Salud.

Ha sido evidente la ausencia del secretario, Jorge Alcocer Varela, en muchos casos que han deteriorado la calidad de vida de muchas y muchos pacientes. Ha sido inexistente su presencia. Lo hemos visto sentado, de oyente, por no dejar, en algunas conferencias mañaneras, pero prefiere no hablar cada vez que le ofrecen el uso de la voz para informar, aclarar o responder sobre algún cuestionamiento de la crisis en el sector salud.

Sí, es el mismo secretario que en comparecencia en el Senado de la República, con motivo de la glosa del primer Informe de Gobierno, dijo a las y los legisladores: “No conozco las cifras de ahorros en el Sector Salud, ni me las pidan”. Es el mismo secretario que ha callado con respecto a la falta de medicamentos -o distribución de los mismos- y tratamientos para niñas, niños y adultos con cáncer y VIH o mujeres con cáncer de mama.

No entiendo para qué está al frente de una responsabilidad que no puede asumir. Pero el colmo es su silencio ante la alerta del brote del virus SARS-CoV-2, mejor conocido como el coronavirus.

Es público y reconocido que las decisiones reactivas, que no preventivas para enfrentar la pandemia, las toma el subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell, quien, por cierto, se ha convertido en el adulador oficial del presidente, a tal punto de afirmar que “casi sería mejor que padeciera coronavirus, porque lo más probable es que se va a recuperar y va a quedar inmune, y ya nadie tendría esta inquietud en él”. O aquí, esta otra declaración: “La fuerza del presidente es moral, no es una fuerza de contagio, en términos de una persona, un individuo que pudiera contagiar a otros, el presidente tiene la misma posibilidad que tiene usted o que tengo yo… El presidente no es una fuerza de contagio”.

Nada puede justificar el interés del subsecretario por aprovechar el foro para quedar bien y sumar puntos con su jefe. Sus dichos nos dejan algunos cuestionamientos: ¿de qué privilegio goza el ciudadano presidente para no contagiarse? ¿Es un mexicano con fuerza y poderes extraordinarios? ¿Con inmunidad ante bacterias y virus de cualquier índole? ¿Es en realidad el mesías tropical, de la tierra sagrada de Macuspana?

El ser presidente no está exento del contagio, ni siquiera por la “fuerza moral” que ahora le imputan. Es un ser humano, de carne y hueso, que puede ser transmisor del virus. Es una irresponsabilidad de su parte seguir en actividades masivas repartiendo abrazos y besos a cuanta persona puede.

No hay peor ciego que el que no quiere ver. La politización, la soberbia y el culto a un solo hombre han prevalecido en esta alerta sanitaria, hecho que soslayan el presidente y su subsecretario de Salud. Ninguno de los dos actúa con la prudencia que se exige en estos momentos de riesgo para la población entera.

La crisis de salud es grave. No es momento para enaltecer la irresponsabilidad presidencial. Es tiempo de hacer entrar en razón al presidente. Por dignidad y ante la urgencia de tomar medidas de precaución para la sociedad en su conjunto, el subsecretario debería considerar su renuncia. No debemos tolerar figuras de floreros con que el presidente gusta decorar Palacio Nacional.

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El anacronismo de la SEP en tiempos del Covid-19

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385 Grados / Tlaxcala / Abelardo Carro Nava / Desde mi perspectiva, quienes se encuentran al frente de los diversos espacios que conforman la Secretaría de Educación Pública (SEP) de nuestro país han subestimado y subestiman el trabajo que realizan los docentes de México. Esto viene a colación, por lo que se ha generado a partir de las decisiones que, derivadas de la pandemia por el COVID-19, se tomaron en el pleno del Consejo Nacional de Autoridades Educativas (CONAEDU). Un espacio en el que, desafortunadamente, no concurren docentes de todas las latitudes, solo funcionarios, muchos de ellos, alejados de lo que sucede a diario en las escuelas.

Al respecto, habrá quien me diga que esos funcionarios visitan las escuelas, que tienen datos y/o estadísticas que reflejan sus comportamientos (diversos entre ellas), que conocen sobre las problemáticas en cuanto a su infraestructura y necesidad de materiales, que saben sobre lo que implica el establecimiento de un Consejo de Participación Social o bien, que están al corriente en cuanto al funcionamiento de los Comités de Protección Civil; en fin, de todo aquello que se deriva del quehacer escolar cotidiano; sin embargo, el que se tenga un conocimiento sobre estos hechos, no significa necesariamente que eso sea una verdad inequívoca, por el contrario, el continuum escolar, ese que se vive a diario en las instituciones, en las aulas, en los pasillos de éstas, etcétera, son una realidad que, en muchas ocasiones, dista mucho de la visión que tal o cual funcionario tiene con relación a éstas.

En este sentido, diversos momentos de la historia de México nos han hecho ver, por un lado, la inexorable fuerza de la naturaleza, pero también, lo que la misma sociedad ha propiciado a partir de sus ideologías e intereses (comunes). En consecuencia, ambos casos, han alterado el curso de los ciclos escolares que, como parte de la organización del Sistema Educativo Mexicano (SEM), se han implementado con el propósito de que los miles y millones de seres humanos que concurren en las aulas, aprendan (algo). No obstante lo anterior, y a pesar de los infortunios, la escuela mexicana, sus maestros y sus alumnos, han salido avantes.

¿De qué manera la escuela mexicana se sobrepuso a la pandemia del 2009 cuando el virus H1N1 se hizo presente en nuestro país?, ¿acaso el grueso de maestros no reconoce las enfermedades cuando, a diario, ven a estudiantes con alguna de ellas, las cuales, pueden ser graves?, ¿por qué tener en mente que, esos profesores, son neófitos en los diversos asuntos que les ocupan y preocupan en sus alumnos?

Pues bien, si nos adentramos un poco a estos “misterios” puedo decir que, en efecto, el maestro realiza los ajustes que considere necesarios a su planeación con el propósito de que sus alumnos continúen con su aprendizaje. Éste es un asunto, que no necesariamente el docente implementa en razón de lo que la autoridad educativa determine. Lo han hecho, aún sin la orientación que brinda, por ejemplo, la guía para los Consejos Técnicos muy cuestionada en estos tiempos. De hecho, bien valdría la pena preguntarse en estos momentos, desde cuándo se implementaron esos “consejos” y cuáles han sido sus resultados porque, desde mi perspectiva, proponer que el colectivo docente vea y discuta lo que a través de un video el actual Secretario de Educación expresa, no es muy didáctico que digamos. En fin.

Volviendo al tema que me ocupa, debo señalar (en menor medida porque sobre este asunto ya lo han hecho diversos colegas míos, como Sergio Martínez Dunstan http://www.educacionfutura.org/el-covid-19-cimbra-al-sistema-educativo-nacional/ y Rogelio Alonso https://profelandia.com/coronavirus-retos-para-la-escuela-mexicana/), que la escuela mexicana y sus actores, adolecen de lo que muchos conocemos: una infraestructura inadecuada para la prestación del servicio educativo; servicios básicos y de primer orden, a todas luces, insuficientes; aulas hacinadas y poco propicias para la generación de aprendizajes y conocimientos; insuficiente participación de padres de familia, en diversos rubros; en fin, un conglomerado de situaciones que, como decía, no profundizaré en demasía, pero que me permiten contextualizar que, a pesar de estas cuestiones, los docentes cumplen su cometido. Por ello es que vuelvo a mi argumento inicial, el que la SEP subestima y ha subestimado al magisterio.

Al respecto, si usted revisa la Guía para el Consejo Técnico en su Sesión Extraordinaria para la Organización Escolar a fin de Enfrentar la Emergencia Epidemiológica del COVID-19, podrá darse cuenta de ello. En ella, además de “chutarse” el mensaje del Secretario de Educación, los docentes conocerán sobre el COVID-19, además, de proponer una forma de organizarse para que los niños, niñas y jóvenes, avancen en su proceso formativo. No olvidando, desde luego, lo que se propone para que se reanuden las clases sin riesgos. Medidas que, de cierta forma, son básicas. No obstante: ¿acaso los maestros y maestras no son hijos o padres de familia y, ante un tema de vital importancia como lo es esta pandemia, no están informados?, ¿acaso no tienen en mente y han trabajado sobre las actividades que podrían, en la medida de sus posibilidades, trabajar con sus alumnos?, ¿acaso no saben que tendrán que asegurar sus espacios para que, a su regreso, no haya ni corran riesgos? Tal parece que la SEP no ha aprendido la lección porque, si bien es cierto que todo lo anterior es necesario, también es cierto que hay cientos de realidades en nuestro país y que, como tales, deben ser tomadas en cuenta si es que en verdad se desea implementar una política de largo alcance, que no sólo atienda lo urgente, sino lo prioritario, en cuanto al bienestar de los mexicanos.

Muchos niños y jóvenes, desafortunadamente, en estos días de aislamiento voluntario, acompañarán a sus padres y/o familiares porque, lamentablemente, esas familias van al día y, desde luego, tienen que generar las condiciones para asegurar su bienestar.

En este orden de ideas, pensar en un plan de trabajo para que los docentes aseguren el aprendizaje de sus alumnos, así tal cual lo señala dicha guía, no tiene mucho sentido y mucho menos lo tiene cuando, desde las Secretarías de Educación de los estados, se giran instrucciones para que los maestros acuerden este trabajo con sus directivos, supervisores y/o jefes de sector (https://www.elsoldetlaxcala.com.mx/local/deberan-docentes-crear-tecnicas-para-estudios-a-distancia-4984139.html?fbclid=IwAR1-5yeSOGnccI5wRqODCo3a3ajkd2i6VfRZ6Z24NftCiMTg-Uq23x71l8E). ¿Cómo asegurar que el alumno realice sus actividades si el padre de familia se lleva a un niño a la venta de pan o lo incorporan en la maquila de algún producto?, ¿qué es lo que hace o tendría que hacer un docente en medio de este asunto?, ¿no tendría que pensarse en el ajuste de las planeaciones de los profesores para que, a su regreso, establezcan una estrategia con la finalidad de “nivelar” a los estudiantes que no contaron con los medios para trabajar en casa con aquellos que sí lo hicieron? Estoy seguro que, sobre esta última pregunta, todo docente lo tendrá contemplado y de ninguna manera se negará a ello.

Ciertamente, hay de realidades a realidades; y esta realidad, como seguramente habrá otras, son las que viven miles de niños y niñas en México. En consecuencia, si el brote del coronavirus se detectó en los últimos meses de 2019, ¿por qué la SEP no comenzó a informar sobre ello?, ¿por qué no sensibilizó a los profesores y, sobretodo, a los padres de familia sobre este asunto?, ¿acaso pensó que somos seres súper dotados, con escudos protectores, y que no afectaría a la población del mundo?, ¿por qué no se revisó el antecedente inmediato relacionado con el H1N1? La respuesta, creo, se halla en la importancia que se le ha dado a las orquestas musicales y no al fortalecimiento de una cultura física, de salud y bienestar en los seres humanos, de los mexicanos.

Al tiempo.

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