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Opinión

La tarea: ¡La madre de todas las batallas!

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385 Grados / Abelardo Carro Nava / ¿Qué nos hace pensar que el cumplimiento de una tarea necesariamente refleja el aprendizaje logrado de un niño? O, mejor dicho, ¿en qué momento, la tarea, se convirtió en sinónimo de aprendizaje de los pequeños? Preguntas por demás sencillas pero que, en cierta medida, nos invitan a reflexionar en lo que cientos de maestros, padres de familia y niños están pasando en estos días donde, para acabar pronto, la contingencia sanitaria por el Covid-19 nos ha hecho ver y comprender que la escuela, y todo lo que ocurre dentro de ella, tiene un enorme significado.

Y es que, como bien sabemos, el proceso de enseñanza y de aprendizaje va más allá del cumplimiento de una tarea. De hecho, en anteriores entregas que tan amablemente me han publicado en este y otros espacios, he dado cuenta de ello; sin embargo, ese proceso no ha sido del todo comprendido por quienes, en este momento, tienen la responsabilidad de conducir los destinos de la educación de nuestro país. Me refiero, exclusivamente, a las diversas autoridades educativas que son parte del Sistema Educativo Mexicano (SEM). Tal parece que, indicarles a los maestros que les pidan a los alumnos el cumplimiento de más tareas para que éstos a su vez las resuelvan, genera más aprendizajes. Formula, a todas luces, incorrecta y harto equivocada.

¿Por qué sucede esto? Mi explicación se basa en varios puntos que, desde luego, si ustedes me lo permiten, iré desglosando a lo largo de este texto.

Por principio de cuentas, como órgano de control administrativo y normativo, la Secretaría de Educación Pública (SEP), desde hace mucho tiempo, ha evidenciado la poca o nula confianza que le tiene al magisterio mexicano. Pareciera ser que los maestros y maestras, no tienen un dejo de creatividad y pensamiento en cuanto a la función que a éstos les toca desempeñar como parte de su quehacer docente.

Al respecto, no niego que hay muchos mentores que difícilmente realizan sus actividades si la Secretaría o sus autoridades no se las piden o requieren, sin embargo, tampoco niego que hay quienes dan un poco más de lo que su función les exige. En cualesquiera de los casos, estos docentes, generalmente se hallan entre la espada y la pared, es decir, entre lo que “deben” hacer y lo que “quieren” hacer, dado el conocimiento que éstos poseen de los alumnos que tienen en sus manos.

Para nadie es desconocido que, si un profesor pretende echar a andar una propuesta innovadora – pedagógica y didácticamente bien sustentada – y, como resultado de ello, desarrolla una serie de actividades que no necesariamente corresponden a las que dicta la Secretaría o sus autoridades inmediatas, éstos, lo llaman a “cuenta” para que se “alinee” a las disposiciones oficiales o, de plano, para que deje de hacer lo que está haciendo porque, a decir de estos últimos, su propuesta es inadecuada aunque no haya un sustento alguno. Sobre este asunto, recuerdo muy bien que, hace algunos años, cuando la reforma peñanietista estaba a todo lo que daba y la evaluación al desempeño docente se aplicaba a rajatabla, muchos mentores recibieron, por parte de la SEP, una “retroalimentación” que difícilmente retroalimentaba. Imaginemos cuál sería el sustento que esta dependencia tendría u ofrecería para detener el o los proyectos que los profesores diseñaran.

En segundo lugar, sin entrar a tremendos “tecnisismos”, quiero abordar un poco el sentido de la palabra “tarea”. Y es que como bien sabemos, esta palabra se relaciona, de manera inmediata, con un deber. No en pocas ocasiones habremos escuchado decir a nuestra madre o padre: “tienes que hacer la tarea, no lo olvides”; o bien, cuando el profesor o profesora, justo antes de despedirnos, nos llegó a expresar: “de tarea, realizar los ejercicios de la página 115 de su libro de español”. Luego entonces, al ser concebido de esta forma, es claro que un deber conlleva una responsabilidad y cumplimiento por lo que, ya sea en la casa, en la biblioteca del pueblo o con los amigos en un cibercafé, el alumno cumple este cometido. En este sentido, ¿sabe usted cuántas materias lleva un alumno en la escuela? En efecto, a partir de las asignaturas que cursa es que, dependiendo el contenido, el profesor toma la decisión de dejarles tarea. Esto, con el propósito de favorecer y dar continuidad a su proceso formativo y de aprendizaje en un contexto no formal como el que representa su aula/escuela.

De esta forma, quiero hacer énfasis en esos elementos valiosos para que el profesor encomiende una tarea; éstos pueden ser: el contenido que está abordando, el nivel congnitivo/cognoscitivo de sus alumnos, las condiciones (incluyendo el contexto) en el que viven los pequeños y otros. Así, no debemos de perder de vista que, derivado de esos elementos y la decisión que el maestro haya tomado en su momento, éste pone en la mesa diferentes tipos de tarea para que sus estudiantes puedan realizarlas; retomaré tres que me parecen las más relevantes: a) de práctica, son aquellas en las que se refuerzan las habilidades o conocimientos recién adquiridos en clase como guías de ejercicios, cuestionarios, resúmenes, resolución de problemas, entre otras; b) de preparación, son aquellas en las que se intenta proveer información de lo que se verá en la siguiente clase, pueden ser leer, buscar información bibliográfica, obtener materiales para hacer un trabajo en el aula, etcétera; c) tareas de extensión, son aquellas en las que se fomenta el aprendizaje individualizado y creativo al enfatizar la iniciativa e investigación del estudiantes, éstas son tareas a largo plazo, proyectos continuos y paralelos al trabajo en el salón, etcétera (Roland Laconte 1981, citado en Ochoa 2012).

Como seguramente usted imaginará, el cumplimiento de esa tarea arroja un producto o evidencia, misma que el docente, se encargará de revisar para realimentar/retroalimentar lo que, a su juicio, considere pertinente. Es claro pues, que esa evidencia puede o no demostrar el logro de un aprendizaje en términos de un contenido. Pongo un ejemplo muy sencillo, si la consiga fue dibujar un animal marino porque el contenido se relaciona con este tema; puede ser que el chico, después de haber realizado una investigación, decidió dibujar una tortuga marina, ya sea vista desde arriba o lateramente; en sentido estricto, la tarea la cumplió este niño y, en consecuencia, el aprendizaje se logró porque, además de la investigación, se dibujó a ese animal marino; sin embargo, imaginemos que un alumno no haya contado con los recursos, tal vez tecnológicos que empleó el otro estudiante, para investigar los tipos de animales marinos y, por ello, dado su conocimiento, dibujo una lombriz de tierra. También, en sentido estricto, la tarea se cumplió, es decir, el pequeño entregó su producto, pero el aprendizaje… ¿se logró? Ahí es donde la intervención docente se vuelve fundamental porque, a través de ella, y de algunos cuestionamientos que éste formule, podría lograr que su educando reflexionara sobre los tipos de animales marinos que existen, la diferencia que hay entre éstos y los terrestres, etcétera. En consecuencia, producto/evidencia no es sinónimo de aprendizaje.

Habría que pensar entonces, por qué la SEP, y buena parte de las autoridades educativas de los estados, exigen, diariamente, un sinfín de tareas escolares al igual que un número infinito de evidencias que, como he dicho, no necesariamente reflejan el logro de un aprendizaje.

En la semana pasada, publiqué un artículo que titulé “Hacer poco es mucho, pero la SEP no lo entiende”; consecuentemente considero que, si se le brinda la confianza necesaria los docentes éstos podrían, en la medida de sus posibilidades y recursos, adecuar las acciones que desarrollarían para que sus alumnos aprendieran en casa. ¿Se imagina aquel maestro de secundaria que tiene a su cargo más de 200 alumnos? Es demencial que se le pida que grabe un video que demuestre que está trabajando con sus alumnos, que realice una carpeta de “experiencias” de cada uno de éstos, que tenga la posibilidad de planear para que, si no es que todos, se conecten desde sus hogares para que trabajen a través de una plataforma, y un lago etcétera más.

¿Acaso el maestro o maestra no es padre o madre de familia?, ¿acaso no tienen que atender u orientar a sus hijos porque sus maestros también les han dejado tarea?, ¿acaso no tienen vida propia para desayunar, comer, cenar, pasar un tiempo con su familia, para hacer labores domésticas o en el campo, o para disfrutar de unos minutos de descanso?

Sí, además de la guerra que están librando médicos y enfermeras en nuestro país, la tarea, se ha convertido en la madre de todas las batallas que buena parte de la población está librando en estos momentos, y la SEP, tampoco ha entendido, entiende, ni entenderá esto.

Referencias:

Laconte, R. (1981). Citado en Rodas Ochoa, M.C. (2012). Las tareas escolares extraclase y su incidencia en el rendimiento de los estudiantes del tercer año educación general básica de la escuela Aurelio Ochoa Alvear de la Parroqui Tuti Cantón Cuenca (Doctoral dessertation).

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La vieja normalidad en la nueva normalidad de la SEP

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385 Grados / Tlaxcala / Abelardo Carro Nava / El pasado 29 de mayo, el Secretario de Educación Pública (SEP), Esteban Moctezuma, presentó en conferencia de prensa, el protocolo de regreso a clases para el siguiente ciclo escolar; éste está conformado por nueve puntos que, a decir de este funcionario, se pondrían en marcha a partir del próximo 10 de agosto del año en curso, desde luego, si las condiciones relacionadas con los contagios por Covid-19, lo permiten.

Dicho protocolo contiene nueve puntos: 1. Comités participativos de Salud Escolar (relación entre la escuela y el centro de salud local, así como sanitización y limpieza); 2. Garantizar acceso a jabón y agua o gel; 3. Cuidado de maestros y maestras en grupos de riesgo; 4. Cubrebocas o pañuelo obligatorio; 4. Sana distancia en las entradas y salidas, recreos escalonados, lugares fijos asignados, asistencia alternada a la escuela por apellido durante el curso remedial; 6. Maximizar el uso de espacios abiertos; 7. Suspensión de cualquier tipo de ceremonias y reuniones; 8. Detección temprana (con un enfermo se cierra la escuela); 9. Apoyo socioemocional para docentes y estudiantes (VanguardiaMx, 30/05/2020).

Desde mi perspectiva, ésta es una medida meramente administrativa que, poco o nada aporta al sector educativo, dadas las condiciones que prevalecían en cada escuela antes de la contingencia. Consecuentemente, considero que la SEP, vive en vieja normalidad disfrazada de nueva normalidad que no augura nada bueno. Esto es así porque, como he señalado en anteriores entregas, cientos de instituciones educativas de nuestro país, presentan diversas deficiencias/carencias que, en su momento he argumentado y evidenciado a través de diversos datos y fuentes, con la intención de hacer visible la inadecuada infraestructura educativa con la que cuentan estos centros escolares; la falta de servicios públicos como agua, luz, drenaje (entre otros) para su adecuada operación; la limitada o raquítica asignación de recursos financieros y materiales para, por ejemplo, el aseo de los diversos espacios que conforman las escuelas; el hacinamiento de los salones en las aulas; la falta de espacios para el desarrollo de actividades físicas o, simplemente, de recreo. En fin, como he dicho, son varias las cuestiones que, antes de la contingencia, estaban viviendo los maestros, maestras, alumnos y padres de familia, en cientos de instituciones educativas.

Ahora bien, no sé si usted lo haya percibido, pero el protocolo como tal, asigna una responsabilidad directa a los directivos, profesores, padres de familia y, también, a los alumnos. Todo está pensado para que, como parecería lógico, estos actores hagan conciencia y asuman una responsabilidad que, podría ser de su competencia, y hay algo de cierto en ello; sin embargo, ¿piensa la SEP que, con la emisión de este protocolo, ya ha hecho su trabajo?, ¿no le corresponde tomar otras medidas para, por ejemplo, evitar los hacinamientos en las aulas?, ¿no le corresponde gestionar un mayor presupuesto para la contratación de especialistas de la salud con la idea de que haya uno de éstos en cada escuela o zona escolar?, ¿no le corresponde levantar un censo a través del cual se den a conocer las condiciones de cada una de las escuelas y de cada uno de los profesores que pueden estar en condición de riesgo y, con base en esto, diseñar un mecanismo para subsanar lo que los resultados puede arrojar dicho censo?, ¿no le corresponde gestionar ante las instancias competentes a nivel nacional (por ejemplo, con la Conagua y con la Comisión Federal de Electricidad) para que se haga llegar agua y luz a las poblaciones que no cuentan con ello?, ¿no le corresponde gestionar diversas acciones para que los profesores y alumnos cuenten con una computadora personal, internet gratuito y todo aquello que resulte necesario para el logro de las actividades “en línea” que ésta misma sugiere?, ¿no le corresponde realizar diversas acciones para ofrecer diversos cursos, talleres, seminarios, entre otros, con la finalidad de capacitar al magisterio mexicano?, ¿no le corresponde poner su atención en los grupos más vulnerables, como lo son las personas con discapacidad que, por obvias razones, no pueden acceder a los programas televisivos, plataformas o redes sociales con la intención de continuar su proceso formativo y/o de desarrollo?, ¿no le corresponde buscar alternativas que vayan más allá de un simple curso “remedial” que, poco a nada, propiciará la generación de aprendizajes en los alumnos durante el periodo que la SEP ha establecido? En fin, ¿no le corresponde todo esto?

No dudo que los programas sociales que, el Presidente de México, propuso impulsar en este sexenio no sean esenciales y que, por tales razones, haya habido diversos recortes a otros programas que, a decir del mandatario, no eran indispensables fortalecer. Lo que creo es que, en materia educativa, se han tomado decisiones poco sensatas, sobre todo, cuando pensamos en el bienestar y salud de quienes asisten a los miles de centros escolares de la República Mexicana. Pongo un ejemplo: en el municipio en el que radico, específicamente, en la cabecera municipal, existe solo un centro de salud y diez escuelas (públicas y privadas) de diferentes niveles educativos (cendi, preescolar, primaria, secundaria, bachillerato y superior); recientemente, este centro de salud, cerró sus puertas porque ahí se atendió a pacientes infectados por Covid; hasta el momento en que cierro estas líneas, no ha reabierto sus puertas, no ha habido un proceso de sanitización del lugar y tampoco hay especialistas del sector salud atendiendo a la población que así lo requiere. ¿Cómo se espera que se formen comités de salud si, para acabar pronto, este centro de salud, con el personal asignado (2 médicos y tres enfermeras), se vería rebasado para la atención de las diversas circunstancias que demanda la población que asiste a esos centros educativos a formarse, misma que rebasa, por mucho, la cantidad de 1500 seres humanos?

Desde hace rato he venido sosteniendo que la SEP viene dando palos de ciego y, con este breve ejemplo, confirmo que así ha sido. La realidad que viven los pobladores de las comunidades, municipios, estados y regiones, es tan diversa que, con decisiones erradas por parte de la autoridad educativa federal, poco podrán atenderse. Ciertamente, a nivel local, a los gobiernos les corresponde hacer su trabajo; desde luego, a los habitantes también nos toca hacer nuestra parte, pero discúlpenme, yo me formé para ser maestro, no médico y, en el caso de detectar que uno de mis estudiantes presenta fiebre (por ejemplo), no puedo ni podré determinar si es por un resfriado, infección intestinal o por Covid. Un padre de familia cuyo oficio esté relacionado con el campo, ¿podrá valorar si su hijo tiene una gripe, faringitis u otras enfermedades que no sean Covid?

En suma, considero que la SEP, desaforadamente, ha intentado demostrar que opera con éxito. Claro, los resultados de la encuesta que aplicó el ejército de intelectuales del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) a diversos “actores”, así se lo hicieron creer. Sin embargo, la realidad que viven los maestros, maestras, padres de familia y alumnos, difiere en demasía con ello.

Ciertamente, un protocolo es un conjunto de reglas o normas cuya finalidad, como parece obvia, es delinear una serie de acciones para ponerlas en marcha en un momento determinado; no obstante, dicho protocolo se conforma a partir de un diagnóstico de la realidad a la que desea o piensa aplicarse, ¿cuál es la realidad que observa la SEP entonces?

Referencias:

Redacción VanguardiaMx. (30/05/2020). SEP presenta protocolo para regreso a clases ante Covid-19. VanguardiaMx.

Recuperado de: https://vanguardia.com.mx/articulo/sep-presenta-protocolo-para-regreso-clases-ante-covid-19

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Cursos propedéuticos y diagnósticos sí, remediales, ¿por qué?

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385 Grados / Abelardo Carro Nava / Generalmente, cada inicio de ciclo escolar, semestre o cuatrimestre, los maestros y maestras aplican un diagnóstico en el grupo que, conforme a la organización establecida en la institución educativa en la que se encuentran adscritos, atenderán en lo sucesivo; esta instrumento/herramienta les permite, dependiendo del nivel educativo, conocer varios aspectos del desarrollo humano de sus alumnos, pero también, comprobar lo que el niño/adolescente o joven, conoce con relación a los aprendizajes adquiridos en grados escolares inferiores de aquel que va a cursar; esto, con excepción del preescolar, donde la observación resulta fundamental para conocer la socialización de los niños una vez que han dejado el hogar y se incorporan al sistema escolarizado de enseñanza. En este sentido, no es de extrañarse que la educadora o educador, durante las dos primeras semanas del curso, tenga a la mano libreta, lápiz y goma, para registrar las conductas del infante, para anotar las expresiones que realiza, para identificar sus intereses y necesidades; en fin, para todo aquello que resulte indispensable registrar con el propósito de comenzar la planificación de las actividades y el abordaje de los contenidos.

En primaria, ese diagnóstico que, como bien sabemos es muy diverso y enriquecedor, se complementa o extiende con la aplicación de una serie de cuestionarios, pruebas y exámenes; ¿su propósito? Es que el docente tenga un conocimiento sobre los avances que se lograron con relación a los aprendizajes que, de acuerdo a un plan de estudios, grado escolar y etapa de desarrollo, el estudiante debería poseer. Luego entonces, la ecuación se repite en secundaria, bachillerato y, desde luego, en la universidad. De esta forma, quienes hemos tenido la maravillosa oportunidad de pisar un salón de clases, sabemos de la importancia que reviste tal acción. De ello depende, en buena medida, las adecuaciones curriculares que podrán realizarse antes de comenzar con el abordaje de un plan de estudios.

Ese diagnóstico, entonces, ¿es para conocer a los alumnos? Tal y como lo he planteado así parece, sin embargo, habría que decir que tal ejercicio trae consigo un aspecto que, muy pocas veces, se toma en cuenta, me refiero al análisis de las capacidades que el propio docente realiza y que tienen que ver, directamente, con sus conocimientos habilidades, actitudes y valores. Es decir, pareciera ser que, en la aplicación de un diagnóstico, solamente un actor es evaluado, y no es cierto porque, como ya he dicho, en el momento en que el profesor o profesora diseña ese diagnóstico, lo aplica, evalúa e interpreta, también éste se diagnóstica y, desde luego, le lleva a reflexionar sobre lo que habrá de realizar para que sus objetivos educativos, se cumplan satisfactoriamente cuando concluya el ciclo escolar.

Pensemos en una profesora de una escuela primaria que atiende primer grado; también pensemos, que dicha profesora ha adquirido una experiencia y conocimiento importante porque, durante su trayectoria profesional, ha trabajado, mayormente, con niños de este grado y edad. Luego entonces, la aplicación de un diagnóstico, y sus resultados, serán diferentes en cada uno de los años en los que pudo haber atendido ese grado escolar. ¿Por qué sucede esto? La respuesta es obvia, todos los niños son diferentes, así como también, los conocimientos que éstos pudieron haber adquirido en los grados escolares inferiores. Tal hecho, ¿propiciaría que la profesora tuviera que pensarse y reflexionarse para “adecuarse” a las “condiciones” que sus alumnos le exigen? Pienso que sí porque esa demanda, ese conocimiento, ese saber, que pudo haber obtenido del diagnóstico, la llevará a realizar una práctica, sino diferente, sí acorde a los que sus alumnos le exigen.

Ahora bien, generalmente en educación superior, se pone en marcha un curso propedéutico con la finalidad de acercar a los estudiantes al aprendizaje que, en los cuatrimestres o semestres sucesivos, abran de adquirir; esto, dependiendo de la carrera profesional seleccionada y, desde luego, del campo científico en la que ésta se encuentra inmersa. Luego entonces, la adquisición de esos saberes que lo acercarán al campo de estudio, se vuelve un aspecto fundamental para que, el alumno, conozca todo aquello que está relacionado con la disciplina que será parte de su quehacer profesional.

En el nivel básico de nuestro sistema educativo, no todas las instituciones educativas realizan dicha acción; esto, probablemente, porque sus dinámicas de trabajo son diferentes y porque, desde mi perspectiva, atienden las indicaciones que la Secretaría de Educación Pública (SEP) emite cotidianamente y que, las autoridades educativas de buena parte de los estados, aplican a rajatabla al inicio del ciclo escolar. Con esto no quiero decir que se desconozca, por el contrario, muchas veces la intención de desarrollar un curso propedéutico se ve rebasada por una exigencia desmesurada de la autoridad escolar o estatal, y porque la burocratización de la enseñanza los ha llevado a cumplir con un sinfín de acciones que, para acabar pronto, nadie lee pero que todo mundo exige. En fin. Como decía, este curso, desde mi perspectiva, brinda ese acercamiento al contexto escolar y a la información que lo llevará a lograr un aprendizaje durante el ciclo escolar.

¿Puede, en estos momentos de contingencia, diseñarse un plan para que, en lugar de cursos remediales se desarrollen cursos propedéuticos donde el diagnóstico sea la punta de lanza para lograr el abordaje de aquellos contenidos cuya relevancia no debe dejarse de lado? Desde luego. Tal plan debería considerar, al menos, cuatro acciones:

La aplicación de un diagnóstico, con dos vertientes: a) test para valorar el estado emocional, físico e intelectual de los alumnos; b) cuestionarios, pruebas o exámenes sobre los grados escolares inferiores, mismos que consideren lo que tuvo que aprender el alumno. Claro, aquello que puede denominarse como “básico” para después, fortalecerlo con los demás contenidos.

Temas que pueden ser abordados y/o fortalecidos de las distintas asignaturas; esto, dependiendo del nivel educativo y que, del resultado de ese diagnóstico, puedan ser trabajados con los alumnos. Resultaría muy útil trabajar a través del aprendizaje basado en proyectos para que, precisamente, los estudiantes, con los temas que no lograron abordarse (y que pueden articularse), elaboren un proyecto sobre el Covid, sus causas y consecuencias, por ejemplo.

Incluir lo relacionado con temas de vital importancia y que se encuentran en áreas que, muchas veces, no tienen la relevancia que deberían tener; me refiero a algunos contenidos de educación física y socioemocional. Acción que, dese luego, traería grandes beneficios porque, como se ha conocido, en nuestro país, hace falta que se profundice en las escuelas, sobre varios temas ligados con la higiene, salud, alimentación, violencia, inseguridad, entre otros.

Finalmente, incluir, en dicho curso, algunos aspectos sobre la escuela (si es que los alumnos se incorporan o transitan a otro nivel, por ejemplo: de preescolar a primaria, de primaria a secundaria, y así sucesivamente), sus antecedentes, la visión y misión que tienen, el personal docente que integra el centro educativo, la organización escolar que en éste se encuentra, los reglamentos (incluye o debería incluir, el protocolo para el regreso a la escuela), entre otros.

Visto de esta forma, resulta favorable que los colectivos docentes pudieran diseñar sus propios cursos propedéuticos; los puntos dados a conocer en estas líneas son, precisamente, una serie de sugerencias que pueden ser adaptables a cualquier contexto y a cualquier escuela. El tiempo para su desarrollo, desde luego, dependerá de los colectivos docentes y de los resultados que el diagnóstico puede arrojarles.

Si pensamos en un curso remedial, tal y como la ha anunciado el Secretario de Educación de nuestro país, significaría que el trabajo educativo que se ha hecho durante esta contingencia sanitaria por el Covid-19 que estamos viviendo en México, estuvo mal hecho, y no es cierto. Como bien sabemos, hay una brecha de desigualdad importante que, la pandemia, hizo más que evidente, lo cual no significa que no hayan aprendido algo los niños, adolescentes y jóvenes. ¿Qué aprendieron?, ¿cómo lo aprendieron?, ¿para qué lo aprendieron? y ¿de qué manera esos aprendizajes pueden relacionarse con la escuela y los contenidos que se abordan en ésta? Son preguntas fundamentales que no parten de la premisa que afirma que es necesario “nivelar a los estudiantes”, sino más bien, de reconocer que los estudiantes aprendieron; por tal motivo, el reto que observo es: ¿cómo acercar ese aprendizaje informal y no formal, con el formal que puede generarse en la escuela?

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Opinión 385… Militarizar al país

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385 Grados / Adriana Dávila Fernández / Diputada federal / En la tarde del domingo, en plena emergencia sanitaria, entre el sentimiento de muchas y muchos mexicanos que no pudieron abrazar y festejar a las madres, en el Diario Oficial de la Federación se publicó el Decreto por el cual se dispone de la Fuerza Armada permanente para realizar tareas de seguridad pública, de manera extraordinaria, hasta marzo de 2024; casi todo el sexenio.

En la forma y en el fondo, es un hecho que contradice las palabras del que fuera candidato ganador de la elección presidencial del 2018, que se comprometió a buscar otra estrategia para cambiar la política de seguridad pública vigente hasta ese momento. En abril de ese año, dijo: “Lo puedo resumir en una frase: trabajo, buenos salarios y abrazos, no balazos”. Este exitoso lema de campaña, en la realidad es una simple consigna que quedará solo como parte del triunfo electoral y, posteriormente, como una fallida estrategia transformadora en materia de seguridad.

El incumplimiento de la palabra empeñada en campaña es lo que aniquila la confianza ciudadana. Es más que evidente la falta de resultados en los 18 meses de gobierno, lo cual ha marcado al 2019 como el año más violento de la historia nacional. Los delincuentes han aprovechado la debilidad voluntaria del Estado para atacar a millones de personas que viven en la incertidumbre y con miedo ante el incremento de la epidemia violenta, que lo mismo ataca patrimonios, que lesiona personas y cobra miles de vidas a un ritmo desatado.

El asunto es que, con la instrucción decretada, se reconoce que la inseguridad en este gobierno ha sido indomable, la muestra es que cada mes supera al anterior en las cifras de asesinatos en el país. Está desatado el incremento de la violencia con todo y el «quédate en casa».

En términos prácticos, el decreto mencionado es, por un lado, la aceptación de la ruta correcta trazada en el sexenio 2006-2012 y, por el otro, la consecuente admisión de que los abrazos propuestos fueron recibidos con un torrente de balazos que han dejado una senda de dolor, luto e impunidad. Sin duda alguna, la inseguridad, como otros tantos problemas que se han suscitado -ahí está la economía y la salud, por ejemplo-, ha sido rebasada por el fracaso estratégico de esta administración.

Con frecuencia escuchamos la justificación presidencial sobre su «acertada» toma de decisiones, lo que lamentablemente ha derivado en la falta de acciones para proteger a la población: fue el «pasado neoliberal» el que descuidó a los jóvenes y protegió a los integrantes de las cadenas delictivas. De ahí su obsesión por mantener la estrategia de «perdón y olvido» para los criminales.

Sin embargo, no hay resultados. Ante la incapacidad del gobierno, ahora resulta que con un decreto pretende militarizar al país, continuar con la participación de la Fuerza Armada permanente en el territorio nacional para realizar tareas de seguridad pública; es decir, se dice que van a «complementar» (lo que eso signifique) las funciones de la Guardia Nacional y, hay que señalarlo, esto no es más que producto de la derrota a su «estrategia».

Un buen número de ciudadanas y ciudadanos apostó, con esperanza, por una transformación que hoy demuestra una total incapacidad para enfrentar la inseguridad. Y se hace mediante decreto presidencial para salvar la situación porque, sencillamente, las familias mexicanas viven intranquilas, con miedo, y sin entender por qué si antes que estábamos tan mal, no nos sentíamos como ahora, peor.

¿Se podía esperar otro tipo de resoluciones? Realmente, no. La autoridad federal, a nombre de la austeridad, decidió aplicar tijera presupuestal para las tareas de capacitación de las policías estatales y municipales, y no solo eso, sino que el titular de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, optó por autorizar -también por instrucción presidencial- el ejercicio de recursos económicos de la Federación para el ejercicio fiscal 2020, del Fondo de Aportaciones para la Seguridad Pública de los Estados y del Distrito Federal (FASP) y del Subsidio para el Fortalecimiento del Desempeño en materia de Seguridad Pública a los municipios y demarcaciones territoriales de la Ciudad de México (FORTASEG), para apoyar a las policías del país.

Lo cierto es que en lugar de contar con una Guardia Nacional que cumpla con el objetivo para el que fue creada, está dedicada a tareas de persecución de migrantes y de custodia de ductos de hidrocarburos.

Las y los legisladores del Grupo Parlamentario de Acción Nacional aprobamos, en su momento, reformas para que la seguridad pública estuviera al mando de autoridades civiles. En vez de dar cumplimiento a esto, aparece un decreto que dejará a las Fuerzas Armadas en las calles y que es una clara violación al artículo 73, fracción XXIII, de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, porque «regular en materia de seguridad pública debe ser objeto de ley».

Como muchas de las acciones gubernamentales, carece de mecanismos jurídicos sólidos. Más aún, el control civil, como lo aprobó el Legislativo, nunca sucedió. La reserva que tuvimos entonces, porque se pretendía militarizar al país, hoy se hace vigente.

¿Qué diferencia hay con la estrategia de 2006? Una muy importante: aprovecharse de cambios constitucionales para abusar del poder. En los dichos y en los hechos, estamos hoy ante la inminente militarización del país.

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